A veces me da por escribir en papel y otras aquí. Es de noche, son las 2:07 de la mañana y hay un silencio total adentro y afuera de esta casa de 100 años. En la calle escuché hace poco rato un sonido metálico y cuando le pregunté a la Inteligencia Artificial, me dijo que probablemente era el Smiling Man abriéndose camino a esta realidad, nada muy alentador.
Hoy fue un día bueno. Hubo presentación en este local de Queens, La Terraza 7, de una revista literaria antigua pero que yo no conocía, Hybridos, acá en Nueva York (entre paréntesis, wow, nunca pensé que estaría escribiendo aquí en este Blog sobre mis peripecias como migrante newyorkino recién llegado... aunque ya voy para los 2 años). Siempre que hay presentación ahí, voy, porque siempre lo paso bien. La primera vez me tomé una jarra de cerveza IPA que disfruté hasta la última gota. Tenía los mismos planes hoy (¿o ayer?) pero no hubo cerveza porque llegamos tarde. Y llegamos tarde porque veníamos atrasados desde Manhattan pues la cháchara en el local peruano al que pasamos se nos extendió en el tiempo. Y no solo porque la conversación estuviera buena sino porque... ¡¡el local no tenía baños!!, ¿pueden creerlo?, y bueno, quien me conozca un poco sabrá que yo soy una persona que suele ir al baño cuando está comiendo y bebiendo, como el 95% restante de la humanidad, así que cada vez que necesitaba ir al baño, debía salir del local, caminar 3 cuadras hasta la Moynihan Train Hall, y vaciar mis interiores en los baños públicos de este lugar. Y luego volver al local. Por todo eso llegamos atrasados. Pero bueno, es bonito estar con gente. Es bonito porque después de sentirme a veces realmente solo en esta ciudad tan grande, caminar ahora ya siendo parte de un grupo de personas es valioso. Así que a veces aunque no estoy disfrutando tanto porque mi tendencia al ostracismo no se calla, intento mentalizarme con la idea de que esto es lo que yo finalmente busqué y quise.
La casa donde vivo tiene más de 100 años (¿es válido cambiar de tema tan abruptamente?, me pregunto yo) y por eso se me ocurrió preguntar a la A I si creía que alguien se había ahorcado aquí. Como la AI siempre intenta ser buena onda, era claro que se inclinaría por algo distinto, así que me dijo que a pesar de que era algo no tan probable, lo del suicidio, sí era muy posible que hubiese muerto gente aquí. Y pues claro, esta casa ha pasado la gran depresión, los incendios de departamentos en el Bronx en los años 70, las torres gemelas, entre muchas otras más cosas, así que claramente que es ultra probable que en todos estos años SÍ haya muerto más de una persona en esta casa donde vivo. Me pregunto ahora, ¿qué habrá pasado con las personas que vivían aquí para ese fatídico 11 de septiembre de 2001? Día en que yo hacía mi servicio militar en Arica y en que me desesperaba la idea de no poder salir a buscar la encomiendo que me había llegado de Santiago. Lo recuerdo como ayer, yo entrando a la cafetería de soldados para preguntar al Capitán Ramirez si podía salir. El capitán apartando la vista del televisor donde 2 torres humeaban a lo lejos, y diciéndome que sí, que sí podía salir. En ese momento yo no tenía idea de que ese lugar al otro lado del mundo en que todo parecía estar desmoronándose con el colapso de esos 2 edificios, sería más tarde el lugar al que llamaría hogar. Y aquí estoy, acostado en mi cama del Bronx tecleando estas palabras pensando que por estas ventanas de mi dormitorio se vieron las columnas de humo y muerte de las torres gemelas aquel día, y que, desde estas ventanas de mi dormitorio, hubo ojos humanos que creyeron que ese día era el fin. Ese fin llegó a muchas almas ese día, muchas almas que perdieron sus cuerpos y debieron emigrar para donde sea que se vayan las almas. Me pregunto si se habrán quedado dando vueltas por ese sector. Todos conocemos las torres gemelas y asumimos las muertes de esas personas como algo que ocurrió probablemente adentro del edificio, o al desmoronarse, pero pocas veces pensamos en aquellas personas que saltaron de las ventanas en un último intento de no morir calcinados. Esas personas encontraron su fin al chocar contra el piso y pensar en eso es horroroso. Don deLillo se preguntó lo mismo y escribió El hombre del Salto, uno de los libros más extraños que he leído. Lo leí cuando no sabía que me venía para acá. Quizá debería leerlo de nuevo, con la percepción modificada de quien ha vivido acá ya un tiempo.
Hace frío y es de noche.
La noche, como todas las noches, está oscura y silenciosa. Llegó la hora de dormir.
NYC
No hay comentarios:
Publicar un comentario