martes, 5 de julio de 2022

DON DELILLO - El hombre del salto

Cierren los ojos, queridos lectores pensantes. 
Y en esa oscuridad imaginen un sujeto que toma una hoja en blanco y le hace agujeros, algunos más grandes, otros más pequeños. 
Ahora nuestro hombre imaginario extiende ese papel sobre otra hoja de papel y se sienta a escribir la que cree ser la mejor novela de su vida. Escribe, escribe, escribe y cuando ya la ha terminado, levanta orgullosamente el papel agujereado y revisa la escritura que quedó debajo. 
Lleva esos trozos de texto a una editorial, lo publican y con el tiempo aquellos pedazos son calificados como una de las mejores escritas, cautivantes, apasionantes, atrapantes (aquí pueden llenar ustedes con su mente todo ese tipo de calificativos)... novelas de la historia. 
Y es catapultada a la fama. Y recibe el nombre de EL HOMBRE DEL SALTO.
Lo compré porque leí que DeLillo era uno de los preferidos de Paul Auster (que es uno de los preferidos míos). Asumí equivocadamente que alguna congruencia encontraría entre ambos estilos literarios. Pues, ¡qué equivocado estaba! Paul Auster es agua fresca, DeLillo es agua estancada y llena de barro. 

La historia de El hombre del salto parte medianamente bien. Un sujeto caminando desorientado y lleno de polvo por Manhattan luego del atentado de las Torres Gemelas el año 2001. El sujeto lleva un maletín en la mano, un maletín que no es suyo. Así llega a la casa de su ex mujer y comienza el entramado de letras. 

Cada cierto rato es posible notar cierta coherencia en la historia y algo se deja ver. Cuando así ocurre, leemos que Keith, el protagonista, intenta devolver el maletín a su propietaria. Se lo devuelve, vive cerca del Central Park. Lianne, su esposa, dirige un club de escritura para adultos mayores con Alzheimer. Su propia madre tiene esta demencia y por tanto se relaciona más con el novio de ella, un coleccionista de arte siempre ausente. Su marido está siempre ausente también, y juega poker. Entre medio, la narración de uno de los terroristas que con los días se tomará el avión. Todos los que viven, viven por el plan divino de la realización del nuestro, le dice una especie de maestro.
Al fondo de todo, como telón sobre el cual el narrador plantea su creación, un artista desconocido que suele colgarse con arneses en distintos puntos elevados de la ciudad, imitando al tristemente famoso sujeto que cae cabeza abajo de una de las torres gemelas. Si no me equivoco, esa foto ganó un premio, ¿no? Un hombre que cae al abismo con el fondo pintado por las correas de la torre que le antecede. Al final del libro el sujeto muere de causa natural, el personaje, digo, de un ataque al corazón o algo así. 

Por esa foto y por el personaje artista imagino que el libro se llama como se llama. Creo que eso fue todo. Si algún mérito literario tiene, lo escondió muy bien pues para mí la lectura debe ser capaz de transmitir coherencia al tiempo que narración. Y este no logró ninguna de las dos. Parecido fue cuando leí uno de Faulkner (cuando entierran a la mamá que se acaba de morir, ¡ah!, mientras agonizo se llama). No logré enganchar con ese tampoco y lo leí más bien porque Faulkner y Faulkner y bla bla bla. DeLillo, DeLillo y bla bla bla, digo ahora. No sé si han visto alguna vez la película INLAND EMPIRE DE DAVID LYNCH, un espanto de 3 horas inconexas que solo vemos porque quien la filmó es el no menos grandioso Dios Lynch. 

No sé si DeLillo será el dios de alguien, pero será una fe que no profesaré con ningún otro texto suyo. No amén.

lunes, 6 de junio de 2022

ZONA CERO - Gilberto Villarroel

No conocía al autor, pero había visto alguna de las portadas de sus libros que me habían llamado la atención (las de Cthulu con Lord Cochrane). Hasta que un día buscando por Buscalibre me encontré con una tremenda oferta --> ZONA CERO, de Gilberto Villarroel a $3200 pesos. Lo compré obvio. Gran parte de los lamentos por la mala literatura que uno lee después de haber adquirido el libro, pasa porque queda la sensación de haber malgastado el dinero, pero en este caso, con un precio tan bajo, no había posibilidad de sentirme mal en caso de que no me gustara. Y la verdad, la contraportada sonaba muy interesante. 

La historia trata de un periodista que llegando al país a cubrir un campeonato de surf, se topa con un terremoto chileno, de esos grandes y potentes, que rompe la cripta de una criatura contenida en su interior, a través de los siglos en el Cementerio General. Ahí comienza la ecatombe: la gente se convierte en zombie, como en las películas y los infectados comienzan a contagiar a otras más personas que a su vez se vuelven también zombies contagiadores... sí, como en las películas. 

Entonces nuestro protagonista, Gabriel, comienza su aventura literaria de caballero andante para rescatar al amor de su vida, una francesa que lo espera en uno de los edificios (imaginarios), más altos de Santiago, la Torre Valhalla. Para hacerlo, se une a un grupo peculiar: un marine estadounidense, 3 mineros de la octava región del BioBio (ahí se me hinchó el pecho puesto que a pesar de que soy nacido y criado en Santiago, vivo en Conce hace más de una década) y un cura pedófilo cuyo apellido -VACHT- nos recuerda mucho a otro cura recientemente expulsado de la iglesia por conductas incompatibles con la sotana. 

La verdad, el origen de la trama no es novedosa. Es el argumento madre de decenas y decenas de historias de terror tanto en literatura como en cine, sin embargo el plus del libro lo encontramos en el escenario donde esa trama no novedosa se enmarca y la forma en que esa trama no novedosa se adapta a nuestro chilito actual. Tenemos una extraordinaria escasez de historias de terror ambientadas en nuestro país (no puedo... no puedo dejar de nombrar al gran HUGO CORREA) y, el hecho de que autores comiencen a escribirlas, me parece un buen signo, aún cuando el punto de partida provenga de una trama más manoseada que la Geisha Tshilena. Después de todo, mi propia novela (EL CUARTO DE AL LADO), también ejerció prostitución intelectual creativa.

Me imagino que hay que ser chileno para valorar realmente el terror criollo, porque desde mi escritorio en esta mañana de temperaturas bajo cero, puedo escuchar reír al mismísimo Harold Bloom (donde sea que esté enterrado el caballero) cuando hablamos de calidad literaria en relación a este género literario. Entiendo que solo Poe se salvó de sus garras... y Lovecraft. El concepto de calidad literaria es, desde mi punto de vista, a lo menos, discutible. Grandes actuales fueron humildes en su momento (Cervantes, Dickens, Stoker con su Drácula, por nombrar algunos), demostrando así que quien tiene la última palabra no es Bloom ni Todorov, sino solo el tiempo. Los libros, como seres lanzados a la historia, harán su propio recorrido según sean o no leídos y estudiados. Y esto último, además, para rematarla, no solo depende de la calidad literaria del texto sino también de fines políticos (¿o no, Premio Nobel?), pero eso sí que es ya otra historia. Bien es sabido, además, que algunos textos han sobrevivido no por su calidad sino por ser el primero en su tipo, como El Castillo de Otranto, que inaugura la corriente literaria gótica.

Volviéndonos ahora un poco más intrapersonales, podría decir que los libros funcionan como una lámina Rorschach en que es el lector motivado quien reconstruye a partir de su riqueza (o pobreza) intelectual lo que el texto pueda platear. El cerebro es el que está vivo al momento de enfrentarse a una página entintada y por ende es el cerebro el del trabajo intelectual y ya sea A o Z lo que ese cerebro logre extraer de un libro, dependerá en gran parte de ese intelecto. Claro que no pondremos a Shakespeare a ver La rosa de Guadalupe, ¿no?, hay límites, pero lo que quiero decir que el trabajo constructor es en gran parte de quien lee. 

Quizá por eso en términos de lectura también haya estratificaciones sociales. No cualquiera lee a Dostoievski porque se asume que aborda temas que no son del gusto del vulgo, mientras que se denosta a Coelho porque no logra salir de los temas comunes y espacios cliché (novelas que parecen libros de autoayuda, aunque no se metan con Hippie, porque ese me encantó). Quizá por eso las lecturas extravagantes son aquellas que suelen ser mejor evaluadas (¿mejor calidad?), dado que se alejan del gusto de la mayoría tan despreciada por los críticos literarios (que se joda el caballero de barba, dijo Isabel Allende una vez refiriéndose a lo mismo desde sus palabras). Como digo, para mí nunca estará muy definida la separación entre buena y mala literatura. 

Pero volviendo a nuestro objeto de análisis de hoy, sí encuentro elementos que me hacen orientarla hacia uno y otro lado, puntos a favor y puntos en contra, vamos a ver. Como "lo malo" (según dicen, siempre hay que partir las noticias refiriéndose a lo malo, para que lo posterior bueno termine endulzando el desastre previo): Nunca entendí muy bien el rol del cura. No sé qué gran secreto tenía que entregar (¿o quizá no entendí?, no sé) y que finalmente termina soltando el gran empresario encerrado en la torre. Tampoco me quedó tan claro por qué tenían que ser militares gringos los que se hacían cargo de la situación. Tampoco sentí que hiciera mucho sentido que fuera Vlad Tepes el monstruo que queda libre. Claro, alguien me podría decir que tenían que elegir una figura universal para poner en manos de la iglesia la solución. Digamos que si recurrían a la Quintrala (como elemento criollo, digo) o no sé, ¿al Trauco?, no habrían podido recurrir a la figura del Papa. No sé, siento que ese aspecto no terminó cuajando mucho. 

En realidad, uno de los elementos que yo personalmente valoro para referirme a la calidad del texto, es que no queden cabos sueltos. La novela, sea el estilo que sea en que se presente, debe ser un tejido en que no quede punto sin unirse al siguiente. Y en ZONA CERO, sí quedan, aunque afortunadamente sin restarle calidad coreógrafa entretenida (es un dulce de mala forma pero de buen sabor). Cada punto sin unir es punto menos de calidad, aunque en este libro la no unión de pronto es tan sutil que al lector periférico se le pasará por alto. 

Los lectores de Villarroel han de ser sin duda lectores de King. Villarroel mismo debe serlo porque la historia misma se asemeja bastante a algunas de que ha publicado el escritor norteamericano (recordemos Cell). El texto es entretenido. Por lo menos a mí me atrapó desde la primera página y a pesar de que a veces se vuelve un poco remolón, valoro muchísimo el hecho de que la historia se planteara desde nuestro propio país, mostrando nuestra idiosincrasia en los diálogos y en los escenarios por los que transitan los personajes arrancando de los chupasangres.

Como diría el mismo Vlad enfrentándose a nuestro grupo en el trencito del Cerro San Cristóbal, quedé con ganas de más Villarroel ;)

jueves, 12 de mayo de 2022

LEVIATAN - Paul Auster

La vida es muy loca, muy extraña. 
A veces suceden hechos con tal precisión, que pareciera como si hubiese una presencia subterránea tirando de los hilos. Personalmente, yo creo que debe existir alguna presencia trascendental, pero también asumo que no se anda paseando por la calle para que todos lo miren. Por eso, cuando se manifiesta tan abruptamente, para bien o para mal, nos queda la sensación amarga o dulce de que hay una especie de compañía invisible tratando de mostrarnos algo. 

Entre la infinidad de cosas para las cuales sirve la lectura, se encuentra el orden que da al caos en que vivimos diariamente. La vida loca se compone de un montón de hechos, sucesos, acontecimientos que transcurren frente a nosotros sin mayor organización. Somos nosotros quienes los organizamos porque tenemos la necesidad de orden. Leer nos sirve para dar orden a nuestras experiencias y nos permite al final del día decir "ah, ahora comprendo por qué me sucedió esto, o esto otro". Casi como aquel hombre que posteriormente sería santificado por su entrega ciega ante ese infinito misterio (el Padre Hurtado), quien al final de sus días, comprendiendo su cáncer como un regalo divino de Dios, agradecía el haberle dado una enfermedad larga pues le alcanzaría el tiempo para poder despedirse de todos. Ya vemos, quien le encuentra sentido a la experiencia, puede vivir casi todo. Y el libro es un instrumento catalogador de experiencias, es un entregador de sentido. 

Paul Auster sabe de esto último. Su propia escritura le ha servido a él mismo para dar comprensión a hechos que de otra forma solo quedarían tipificados como un gran signo de interrogación. Él mismo así lo ha confesado en sus entrevistas. Paul toma uno de los elementos que más intranquilidad nos ocasiona, el azar (el azar nos produce incertidumbre y, exceptuando los juegos de azar, a los hombres nos incomoda de sobremanera el no saber) y le da un sentido. Toma esa gran masa amorfa negra y la pone al medio de un cuadro de bordes dorados, conteniendo de cierta forma aquello que está destinado a sobrepasarse.

 
Compré Leviatán en enero del 2020, pero como a menudo sucede, lo abro, lo miro (lo huelo, eso siempre) y lo dejo en un estante esperando que las estrellas se alineen. Pues bueno, las estrellas entraron en órbita correcta hace más o menos un mes y medio y decidí tomarlo. El libro me interesó (además de porque es de Auster), porque leí por allí que había sido prohibido durante algún tiempo y, como sabemos, todo lo prohibido ejerce el efecto contrario al que se busca. Finalmente resultó que el libro realmente prohibido fue Leviatán, pero de Thomas Hobbes, jaja, pero bueno, daba lo mismo porque ya habiendo pasado por la pluma del maestro Auster muchas veces, sabía que el texto no podía ser menos que una obra genial, y no me equivoqué. 

Si pudiéramos resumir brevemente la trama en hitos, la cosa iría más o menos así: -Peter Aaron (el narrador protagonista) conoce a Sachs (co protagonista) en una lectura de libros en la ciudad de Nueva York pero nadie llega, culpa de una tormenta de nieve y por ende se quedan conversando. Por Sachs, Aaron conoce a la esposa de Sachs (Fanny), de quien se enamora. Sachs se entera, lo perdona y siguen siendo amigos. Aaron conoce luego a Maria, de quien se enamora y mantienen una relación. Maria, antes de conocer a Aaron, en un proyecto artístico, decide ubicar a las personas anotadas en una agenda telefónica que se encuentra botada en la calle en la ciudad de Nueva York. Al ir a buscar a uno de los nombres de la lista, el primero, se encuentra con una antigua amiga, Lilian, quien le comenta que estaba ahora casada, luego de un pasado tránsfugo de prostituta. La novela continúa, Fanny y Sachs hacen una fiesta y Sachs se cae de un balcón de un edificio en Nueva York, lo que le remueve las ideas y luego de una profunda reflexión, decide terminar su matrimonio con Maria. Pero Sachs no se atreve a decírselo y solo comienza a alejarse... y se aleja tanto que Maria, asumiendo ya que todo se ha ido al traste, conoce a otra persona con quien se encama (un sujeto muy extra en la novela, que no vale la pena ni nombrar). 
Sachs, en esta búsqueda del desapego con su esposa, se va a trabajar al campo en un nuevo libro (Peter lo convence para que trabaje en él) y estando en la cabaña, en un momento de inspiración, se va a caminar a un bosque cercano, donde se pierde y tiene que pasar ahí la noche. Al día siguiente, encuentra un lugareño que le da aventón en su camión, pero cuando avanzaban los 2 por una ruta rural, se encuentran con un hombre estacionado en una orilla del camino. Este hombre en un acto inesperado e inexplicable, mata al buen chico del aventón y Sachs mata al hombre defendiendo al chico. En estado de shock, viéndose el único vivo entre dos muertos, toma las pertenencias del muerto malo y se va del lugar. Entre las pertenencias del sujeto, encuentra su pasaporte. El apellido del ahora difunto es Dimaggio. Además del pasaporte, encuentra una maleta llena de dinero que también se lleva. 
Sachs, desesperado, va a la casa de Maria buscando apoyo moral, pero lo único con lo que se encuentra es su esposa con el hombre/personaje muy extra. Entonces Sachs comprende que todo está quebrado con su esposa (que es lo que él finalmente quería) y va donde María (la artista buscadora de personas de agenda botada). Le cuenta en detalle lo ocurrido y para demostrar que es verdad su historia, le muestra el pasaporte del tipo que acaba de matar. María no cabe en su sorpresa pues se da cuenta que aquel hombre no es ni más ni menos que el esposo de su amiga Lilian (la ex prosti). 
Espantado con esta información y con sentimiento de culpa, Sachs parte al día siguiente a buscar a Lilian -que vivía en California- para darle el dinero de su esposo, a quien él acaba de dar muerte. Como no es una historia real sino un libro, Sachs se encuentra finalmente con Lilian, le cuenta que mató a su esposo (o se lo cuenta Maria por teléfono más bien) y se enamora de ella y ella, por supuesto, de él (sin romance no hay libro, así de simple). 
Pasa el tiempo, ambos terminan y Sachs queda prendado de la historia del hombre a quien mató, el esposo de Lilian. Se empecina en conocer su real identidad (apellido Dimaggio) para escribir un libro, lo que al poco tiempo troca por un acto aún más radical: ha decidido fabricar bombas para derribar símbolos nacionales como modo de crítica. El problema es que como Sachs era solo un aficionado, una bomba explota mientras la armaba, lo que hace que nuestro Sachs salga despedido en miles de pedacitos de carne molida. La cosa es que en uno de los bolsillos de la chaqueta de de Sachs al momento de morir, encuentran la tarjeta de nuestro narrador protagonista -Peter Aaron [ya se dieron cuenta del guiño, ¿no?]- a quien van a interrogar, y entonces el libro parte: "Hace seis días un hombre voló en pedazos al borde de una carretera en el norte de Wisconsin. No hubo testigos, pero al parecer estaba sentado en la hierba junto a su coche aparcado cuando la bomba que estaba fabricando estalló accidentalmente". 
Como un buen uróboro, movimiento clásico de Auster, el libro parte por el final y el texto entero es la explicación de los acontecimientos que hacen que la historia se desarrolle de la forma que lo hace, genial (Paul debería recibir el Nobel, yo lo apoyo). 

Leí el libro en menos de un mes. Venía ya con la experiencia de Brooklyn Follies, El palacio de la luna o Trilogía de Nueva York y esperaba algo no menos que aquellos. Y no me defraudó. Auster es el genio del azar, ya hemos dicho, de la intención por mostrar a sus lectores cómo pequeños movimientos en la cadencia de acontecimientos en las vidas de las personas, van estructurando historias por completo distintas a cómo podrían haber sido.
Maria va a buscar al contacto desconocido de una agenda telefónica pero en cambio se encuentra con una de sus mejores amigas de enseñanza primaria. ¡Andá, Iván, por favor, es un libro, no es verdad, no ocurrió así! Exaaactamente, y por eso el libro es grandioso, porque genera la ilusión del "como si..." de forma tan maestra, que realmente piensas que ocurrió de esa manera. Si el concepto de verosimilitud o de pacto ficcional fuera un rompecabezas, créanme que en Auster coincidirían todas las piezas con la delicadeza de un neurocirujano.
Bueno. La vida es muy loca dije al principio. Hace pocos días esperando la micro desde mi trabajo a la casa, un amigo me manda un whatsapp: "¿viste lo que pasó con el hijo de Paul Auster?, me pregunta. No, no tenía idea ni que tuviera un hijo (ok, vale, admiro su prosa pero tampoco soy un stalker de su vida, ok?). Busco rápidamente y dos cosas me llaman la atención: lo guapo que era el hijo, y lo tremendamente horrible de la noticia: Hijo de Paul Auster acusado de homicidio involuntario por la muerte de su pequeña bebé de menos de un año, por sobredosis. Si no sabía que tenía un hijo, menos sabía que era drogadicto, de verdad. Bueno, una pena, le comenté a mi amigo, pero así es la vida, ¿o que no has visto Trainspotting?, acá en el lugar donde trabajo (un centro de salud público) se ven cosas así de feas y peores. 

Seguí mi vida. Seguí leyendo el libro con el gustillo amargo de que algo horriblemente importante estaba pasando en en la vida del autor en ese preciso instante y que, por única vez en la vida, tenía casi absoluta certeza sobre qué ocurría en la mente de este hombre al otro lado del mundo. Estaba de duelo y probablemente su nieta ocupaba todo su cerebro, aquel instrumento que ocupaba para generar sus obras. Paul Auster piensa en su nieta en este preciso momento, medité. En este preciso instante en que yo banalmente espero mi micro para volver a casa. Lo encontré loco. Loco, pero como dije, no tan extraño. 

Bueno, pasaron los días y seguí leyendo. El libro se iba poniendo cada vez mejor y una mañana, mientras esperaba la micro que me llevara hacia el otro lado, o sea, desde mi casa a mi trabajo, busco nuevamente el nombre de Paul para ver en qué iba el asunto y... ¡gran y horrible sorpresa! El hijo de Paul Auster acababa de morir un día antes, por sobredosis de drogas. Wow, esos sí que fue impresionante. Todas las noticias comentaban sobre cómo Paul Auster vivía una de sus mismas historias, sobre como la ficción supera la realidad y todos esos clichés. No se entregaban detalles. No se sabía si había sido un accidente o un suicidio. Las noticias sí aclaraban que cuando encontraron a David, encontraron también mucha más droga alrededor, por lo que pensaban que podría ser un accidental medio centímetro más de presión en esa inyección letal. Nunca lo sabremos en realidad. Algún día quizá Paul explore las posibilidades de la única forma que sabe hacerlo. O quizá sea demasiado doloroso y no lo haga nunca. 

El mismo Paul Auster tuvo una relación entre problemática y ausente con su propio padre, una figura que intenta recrear en "Invención de la soledad". No quiso nunca conocer a mi hijo, parte declarando en ese libro, hablando del mismo hijo que acababa de morir en la vida real, ese hijo que motivó un libro y que no terminaba de enfriarse sobre la plancha metálica de alguna morgue de Nueva York. Ese mismo hijo que motivó con gran probabilidad que el hijo de Peter Aaron (protagonista de Leviatán) se llamase también David (el hijo de Paul Auster se llamaba David Auster). Un hijo clandestino que vivió siempre entre droga y delincuencia. Es mejor no pensar en las habilidades parentales de Auster. Es bien sabido que los genios viven existencias extravagantes porque la norma se le escapa. Me imagino que de lo contrario vivirían mentalmente adoctrinados y no tendrían nada que decir. Es lo que ocurre en este caso y declaro que no tenemos ni una gota de derecho a condenar nada. Cada uno vive sus pesares y lleva a cabo este proceso como puede. 

Solo queda la reflexión sobre nosotros. Nosotros los lectores, que como zombies nos alimentamos del muerto que ha caído y que en vez de expeler sangre y vísceras, suelta historias y tramas más torcidas y más hediondas que la realidad misma. Eso somos finalmente quienes leemos, ¿no? Buitres connotados que cargamos los pesares del escritor ¿Qué alimenta una buena historia? No suele ser la paz del espíritu. Por lo general los escritores que han llegado a los bordes son aquellos que nos han legado el retrato de la vista que se tiene de esos lugares, a través de su prosa. Y uno los lee. Los lee y relee hasta saciarse del cómo se sentiría vivir así. Paul está en esa. Paul está sufriendo en carne abierta el dolor que solo había examinado a través de sus personajes. ¿Podrá esta vez reconstruir el sentido de un acto suicida que le permita tender el puente entre el dolor y la sanación? No lo sé. Y esta vez creo que el cliché del tiempo sí funciona. Solo las horas lo dirán. David Auster, descansa en paz. Paul Auster, cercano conocido que no tienes la menor idea de este lector que te admira desde el cono sur, te deseo paz.

jueves, 5 de mayo de 2022

EL HOMBRE MÁS FELIZ DEL MUNDO - Eddie Jaku

Llegó el libro a mis manos la navidad del año pasado, del 2021. No recuerdo si me lo regaló mi hermana o mi mamá, lo que en realidad da lo mismo porque a ambas les había entrado el bicho "anti..." y en este caso era el bicho anti Holocausto el que las había contagiado. Querían conocer más del tema. Los libros que desfilaron esos días de fin de año por la mesa del comedor de mi hermana, compartían todos la misma temática: el tatuador de Auschwitz, el fotógrafo de Auschwitz, la Stasi, ya me entienden. Me parecía haber visto el libro que tenía ahora entre manos después de sacarlo con cuidado del papel de regalo. Sí, sin duda lo había visto en alguna publicación de Buscalibre sin darle mayor importancia. Pasaba de largo, así que recibirlo en papel fue una grata sorpresa. Ahora que podía investigarlo con más detalle, noté que era un libro que se planteaba desde lo positivo, o sea, no desde lo irreal de una pseudo felicidad maníaca (como La vida es bella), sino desde la felicidad de las pequeñas cosas que aún en los peores momentos es posible encontrar. Vaya que es importante rescatar aquello, ¿no? Después de todo, tarde o temprano todos vivimos nuestros Auschwitz personales ya sea en la privacidad de nuestra casa o llorando en el baño de oficina. Me tincó mucho.
La historia la escribe Eddie Jaku en primera persona: un alemán común, con una vida común, orgulloso de sus raíces germánicas, pero de escasa comprensión sobre lo que significaba ser judío... claro, esto hasta que Hitler toma el poder. Entonces la cosa cambia. Aquel fonema inocuo pasa a ser infección y quienes lo portan, están destinadas a ser aplastados en los numerosos campos de concentración. Así, Jaku comienza a ser perseguidos junto a su familia por sus mismos compatriotas (este elemento lo nombra varias veces en la obra, vale decir, ¡cómo los mismos que antes eran nuestros amigos y vecinos hoy son los que nos quieren ver muertos!) y son forzados a abandonar sus casas para recluirse en distintos lugares de trabajo ("ARBEIT MACHT FREI" --> El trabajo te hará libre, firma "tío Auschwitz"). Eddie reflexiona muchas veces en el libro que hasta aquel momento no sabía lo que significaba ser judío, más allá que una serie de costumbres familiares heredables por el lado materno. ¡Por ser judíos nos matan!, piensa, y a lo largo del texto busca explicaciones sin encontrar ninguna otra más que maldad y locura. Con paz reflexiona posteriormente "no odio al alemán que no me abrió la puerta de su casa puesto que no lo hizo porque tenía miedo... no odio tampoco a Hitler, porque eso me reduciría a su nivel, simplemente intento buscar una causa y la causa que encuentro es locura. No lo odio pero tampoco lo perdono, por los miles de hermanos muertos en razón de una causa estúpida".
Hay muchos textos sobre el Holocausto y también hay muchas novelas que se atreven a plantear desde la ficción los horrores de esta época. He leído algunos (por ejemplo Jorge Semprun en La escritura o la vida) pero la mayoría de las veces siento realmente que la narración se crea desde la distancia. Distancia que es comprensible si consideramos que probablemente el escritor que tipea en sus noches de insomnio, no quiere caer en un coma emocional, pero que precisamente por ello, resta conexión con el lector (ya sabemos de sobra que a Stephen King se le ama porque los personajes son de carne y hueso, lloran y van al baño). En El hombre más feliz del mundo sucede totalmente lo contrario. Eddie comienza su historia refiriéndose al lector como un amigo y es desde ahí que quiere mostrar a este amigo las experiencias vividas, con el único fin de hacer ver que es posible encontrar esperanza en el infierno. Jaku genera un inmediato vínculo en el lector porque a pesar de que vivió lo peor del ser humano, vive ya por fin cómodamente y desde esa justa comodidad puede recordar su juventud sin odio sino más bien con gratitud. El libro transmite cercanía en cada página, aún en aquellas en que nuestro protagonista estuvo a punto de desfallecer por cansancio, por frío, por hambre, pero que gracias a la esperanza de los pequeños gestos, pudo mantenerse en pie. El libro nos acerca a Eddie, y es por eso que una vez que lo terminamos, quedamos con la sensación de un pequeño duelo. Sabemos que no tendremos nada más del autor y es imposible no preguntarse, ¿cuántas cosas más quedaron en el tintero que no aparecieron en su historia? Una infinidad. Eddie vivió años perseguido durante la segunda guerra mundial, época gigante de vida que comprime en un poco menos de 200 páginas. Eddie permanece en el recuerdo de sus lectores mucho después de haber cerrado el libro porque además de haber escrito un texto sobre los horrores del hombre en la segunda guerra mundial, escribió, por sobre todo, un manual de supervivencia emocional en que la esperanza fue el puntal que lo mantuvo a flote. La esperanza y por supuesto, la amistad.
Eddie murió poco tiempo después de la publicación del libro. Murió a los 101 años en el país que le abrió las puertas y que le permitió vivir en libertad: Australia. Entiendo que recibió un funeral de estado por las contribuciones que realizó en beneficio de la experiencia judía durante el Holocausto, ya en el país donde pudo hacer familia. El hombre más feliz del mundo es un muy buen libro. Se pierde al amigo Eddie, siempre sonriente, no solo al terminar la lectura sino también al saber que ya no está con nosotros, en este mundo. Descansa Eddie, que sin conocerte te conocí y sin escucharte, aprendí de ti. Danke schön.

martes, 29 de marzo de 2022

Despachos del fin del mundo - ALBERTO FUGUET

Uno de los problemas que tengo al leer libros tipo "corriente de pensamiento" como los de la Virginia Woolf, es que no puedo seguir las ideas, me desconcentro totalmente y no logro ni aproximarme de lo que la narración busca transmitir. Para mí termina siendo una lectura sin rumbo y no hay experiencia lectora peor que aquella. 

Sin ser ese tipo de escritura de la que vengo a hablar hoy, sí debo reconocer que me generó algo similar. Y sospecho que esa fue una de las razones por las cuales el libro de Fuguet no me enganchó. El mismo autor reconoce al principio que él no escribe diarios, diarios de vida, y por lo tanto los lectores asumimos, entendemos, que el ejercicio que él busca en esta publicación es justamente hacer como si... como si fuese un diario, una especie de diario, un texto de ideas, pedazos, trazos de memorias, trasladadas a letras, etc. y que justamente por ello, no busca ni logra transmitir una cohesión, salvo en determinados fragmentos. 

Hay partes del libro en que leemos al Fuguet de Mala Onda, ya sobre los 50 años, en fiestas boomer (nueva palabra aprendida hace poco, lo reconozco), mientras que en otros textos vemos ya al Fuguet que se ha encumbrado estos últimos años: un comentarista de películas, un puente vinculante entre experiencias de vida y la banda sonora que armonizó esas vivencias con las canciones y películas del momento. La verdad, y para decirlo bien, todos los libros de Fuguet que no son novelas ni narrativa, terminan siendo un único libro cuyas páginas han sido editadas con distintos nombres y con algunas variaciones en formato (véase "Las películas de mi vida", "VHS", "Apuntes autistas", entre otros). Películas, años 70, 80, Donna Summer, jóvenes perdidos, generación perdida y de ahí en adelante. Me entienden, ¿no? Pienso, ahora que releo esto, que a Fuguet le falta un libro del SIDA, en cualquier formato, crónica, novela, cuentos, apuntes. Eso sí sería genial.

El libro me costó mucho seguirlo, como que eso quedó claro, ¿no? Trata (¿de qué trata?) en un primer momento sobre las reflexiones de un entumecido Fuguet ante la invasión extraterrestre que tanta gracia le causó y cuya principal corresponsal fue doña Cecilia Morel. Ahí, el estallido social, lo que significó, las injusticias sociales, los cacerolazos, las por primera vez multitudes hechas de pequeños granitos de arena pero que juntas podían derribar imperios, las juntas con jóvenes indeterminadas en esta maraña de realidades ficcionadas. 

Luego, en un segundo momento, de lleno al encierro. Lo que significó la pandemia, la dificultad de imaginarse el futuro, la imposibilidad de vivir un presente, la añoranza de un pasado feliz que no valoró en su su momento ¿no lo valoró él o habla por todos? Y después, diría yo, como bonus track, el plebiscito. Me parece que el libro lo editó antes de saber que ganaría el apruebo y tendríamos a tía Pikachu y al Pelao Vade definiendo nuestros futuros. Son como los ejes de Fuguet, en en todo caso. Pero todos pintados con distintos colores a distintas velocidades, demasiado cortos para poder formar una estructura y demasiado rápido para entenderlo.

Creo que no leeré mucho más de Fuguet a menos que sea narrativa. Porque, la verdad, sus primeros libros los encontré fascinantes. Yo era un fanático de Fuguet, de ese fantasma que vagaba por avenida Kennedy alumbrando con su exquisita mala onda la fealdad de nuestra alta sociedad. Long live Mala Onda!... pero los últimos, incluso en narrativa, a ratos, uff, ¿cómo decirlo? Quizá valga la pena compararlo: un globo que inflo, inflo e inflo simplemente porque es lo que he hecho siempre pero no porque tenga aire que meterle: excesiva divagación. 

Amé SUDOR en un 60%. La historia, o la idea de la historia, me encantó. Me encantó imaginármela, me encantó que metiera personajes previos como Pablo Honey (radiohead), ese fresh-azo que se pegó como un Matías Vicuña actual, ese movimiento, Pablo Honey ya mayor y alejado de tanto boche, que se junta con el protagonista de Sudor. En fin, eso me pareció estupendo. 

Pero creo que divagó demasiado. Y no es que me esté saliendo lo limítrofe. Una historia relativamente breve la transformó en un mamotreto de 400 y tantas páginas que durante gran parte estuve a punto de soltar. Fuguet es un maestro últimamente del vilo entre el sí y el no... y cuando como lector has ya decidido que no seguirás, te queda tan poco que terminas diciendo que sí y te lo lees entero. Reconozco que muchas veces ese final hace que la lectura entera haya valido la pena. Pero a veces no. 

Ay, Fuguet de antes, te extraño. Extraño esas frases cortas y contundentes que cortaban el aire. Pero entiendo que todos todos todos estamos sometidos al tiempo y lo que antes nos despertaba un grito ahora solo nos hace subir una ceja. Proceso de maduración, quizá. 

Despachos del fin del mundo pensé que era mejor, me lo compré con harto entusiasmo pero a poco leerlo queda claro que tal como Fuguet lo dice, fue un libro escrito para él. Y por tanto, no hay nada de qué culparlo. Fue un libro escrito para él y hay que reconocer lo harto que se nota.

lunes, 28 de febrero de 2022

LAS PARTÍCULAS ELEMENTALES - Michel Houellebecq (Güelbec)

"La desgracia solo alcanza su punto más alto cuando hemos visto, 
lo bastante cerca, la posibilidad práctica de la felicidad"


Al tipear el nombre del autor en Google, aparecen 2 cosas: una definición concisa de la biografía del sujeto y, además, una serie de noticias relacionadas con sus distintas posiciones intelectuales (al parecer nunca desprovistas de cierta polémica). Si nos vamos a Wikipedia, leeremos que Houellebecq además de escritor, es poeta y ensayista. Nada extraño. Aclaro esto último porque el libro Las partículas elementales -el primer texto que leo del autor gracias a la recomendación de Nelly, una amiga francesa- transita constantemente entre lo narrativo y lo enciclopédico (de verdad que me pregunto por la asesoría del autor al tratar temas como la división celular para explicar por qué los labios vaginales comienzan a soltarse con la edad al perder colágeno), entregando una serie de datos y reflexiones casi a título personal, que de cierta forma va enmarcando el radio de acción de los personajes, o sea, como les explico a mis estudiantes de teoría sistémica: les va dando un piso, los va contextualizando. Luego nos daremos cuenta que esto en realidad está vinculado con los distintos narradores de la obra.

A pesar de esta contextualización enciclopédica que el autor entrega a sus personajes, queda poco claro cuál es el hilo conductor de la narración en general.

El libro se presenta como la historia de 2 hermanos, Bruno y Michel que si leen ustedes la contraportada, queda planteada así:

"la novela narra el improbable nudo que unirá los destinos de dos hermanastros: Michel, prestigioso investigador en biología, especie de monje científico que a los cuarenta años ha renunciado a su sexualidad y solo pasea para ir al supermercado; y Bruno, también cuarentón, profesor de literatura, obsesionado por el sexo, consumidor de pornografía, misógino, racista, un virtuoso del resentimiento..." 

¿Cuál es el improbable nudo? Según mi parecer, el fallecimiento de la madre. Una mujer que en su juventud entregó a sus crías a sus respectivas abuelas para mandarse a cambiar a una comunidad naturista en California sin la responsabilidad de la maternidad. Como suele pasar, al momento de la muerte, la hembra vuelve al terruño para encontrar su fin y es ahí donde los dos hermanos hacen un alto a sus respectivas historias de sin sentido y vuelven a verse frente a frente para acompañar a la madre en ese momento.

Michel, biólogo, en investigaciones sobre cómo la reproducción sexual termina por debilitar a los hombres y a la humanidad, y Bruno, sujeto enamorado de la masturbación y de las mujeres. Mientras escribo esto, queda clara la conexión entre ambos, más claro que cuando se lee. 

Ambos, pasando la mitad del libro, se juntan para despedir a la anciana madre (luego de una larga exploración de sus miserables vidas) que nunca conocieron más que por las historias que su abuela les contaba de quien los parió. Bruno la insulta, Michel calla. Bruno está enojado con la vida porque su pareja, aquella mujer ninfómana que le hizo conocer el amor a través del sexo desprejuiciado, acaba de morir y con ella, muere también la tregua que la vida le dio a Bruno en su infelicidad y pérdida de sentido. Michel calla. Michel se pregunta hasta cuándo soportar el show del hermano con el que no desea compartir y al que no desea volver a ver. Bruno se hospitaliza voluntariamente en una clínica psiquiátrica y Michel, ay Michel. Michel conoce también algo parecido al amor. Michel conoció a Annabelle y se hicieron pareja. Con el tiempo terminaron la relación pero años después, al momento en que Michel asiste a la exhumación de los restos de su abuela para la reubicación, se re encuentra con Annabelle, y con ella, el amor. Conviven, viven, se aman por segunda vez (o lo que Michel siente como más parecido al sentimiento) hasta que un día Annabelle le diagnostican cáncer de útero. Y a los pocos meses, metástasis. Esa noche, a las 3 de la mañana, Annabelle se levanta, en la cocina se mete todos los somníferos que puede y queda en coma. Dura pocos días más y muere. Con ella, también muere lo poco vivo que le quedaba a Michel. Desesperado, se vuelca a sus investigaciones. Se va a vivir a Irlanda y ahí desaparece. Su cuerpo nunca fue encontrado. 


Bruno, según parece, queda recluido en un hospital psiquiátrico, aunque el texto no lo aclara. Gracias a los fármacos vivió una vida sin el yugo de la prisión sexual. Se idiotizó. 

El libro es un repaso del sinsentido que viven los personajes y de cómo el amor, lo único que los hizo respirar, fue el elemento que les permitió alguna cuota de bienestar. Pero como suele ocurrir en las novelas, el amor no dura para siempre y cuando muere (por cáncer una, por suicidio la otra), la muerte arrastra también a los quedan en vida. Condenados a caminar por la tierra (como Caín), Bruno y Michel se reencuentran en la muerte de la madre. 

Michel, candidato eterno al Premio Nobel, tiene en mente una forma alcanzable para que los humanos no sufran más, a través de la genética :

"no se trataba de reproducir la especie humana hasta en sus menores características, sino de crear una nueva especie racional y que acabar con la sexualidad como modo de reproducción no significaba en absoluto acabar con el placer sexual [...] la creación del primer ser, el primer representante de una nueva especie inteligente creada por el hombre a su imagen y semejanza, tuvo lugar el 27 de marzo de 2029, justo veinte años después de la desaparición de Michel Djerzinski..."

Si alguien se pregunta por el símil con Aldous Huxley y su libro "Un mundo feliz", pues no está equivocado. El mismo Houellebecq se encarga de darle harta reflexión a este texto por parte de Bruno, profesor de literatura, manoseando el argumento que, no es feo decirlo, constituye en parte el germen que permite una lectura de Las partículas elementales. En el libro francés, la nacimiento a través de la sexualidad es el problema.

¿Quién narra la historia? Temazo, y medio desconocido.

Hay un prólogo, que no es de la mano del escritor (de donde vendría un narrador habitual). Hay un narrador que habla sobre la vida del personaje Michel Djerzinski a modo de prólogo, que adelantándose varias décadas a la Bruja Blair, a lo más falso documental, se posiciona como un investigador (Hubczejak) que está intentando reconstruir la vida del científico (Djerzinski). Luego, al final, en el epílogo, hay otro sujeto, otro narrador, que nos habla de Hubczejak investigando a Djerzinski. 

¿Quién es este segundo narrador?, un personaje invisible, un sujeto que escribe desde una época posterior al nacimiento de este primer hijo de hombre no humano, ocurrido en 2029, con las modificaciones genéticas propuestas por Djerzinski, un sujeto que termina siendo el primer hijo no humano de la humanidad: "quedan algunos humanos de la antigua raza, sobre todo en las regiones sometidas durante mucho tiempo a la influencia de las doctrinas religiosas tradicionales. Sin embargo su tasa de reproducción disminuye todos los años y su extinción parece inevitable." 



El narrador final, por tanto termina siendo un investigador de esta nueva raza surgida de los humanos, desprovisto de procreación sexual, y que mira con nostalgia a la especie que los posibilitó: "más allá del ámbito histórico estricto, la ambición última de esta obra es saludar a esa especie infortunada y valerosa que nos creó. Esa especie dolorosa y mezquina, apenas diferente del mono que sin embargo tenía tantas aspiraciones nobles [...] esa especie torturada y belicosa, que sin embargo no dejó nunca de creer en el amor"

Estamos por tanto, frente a un libro de ciencia ficción a la más pura tradición de Julio Verne. Y cuando comprendemos esto entendemos también las razones de por qué nuestro narrador presenta con tanta acuciosidad las explicaciones biológicas sobre asexualidad necesaria del hombre y del nacimiento de una nueva raza. 

La habilidad quizá la encontramos en el hecho de que un solo epílogo basta para que las 200 y tantas páginas previas cambien de rumbo y sean vistas ahora no como una novela simplemente sino como la historia de quien pudo generar una alteración en la linealidad de la historia que el autor llama mutación metafíscia. Michel Djerzinski, al tiempo que es Dios creador, termina siendo también aquel castigador que se arrepiente de su creación y la condena a la muerte. 

Interesante el giro del libro al hacerlo desaparecer. No lo encontraron porque creen que se arrojó a las aguas, pero el hecho de que su cuerpo desaparezca le da un aire etéreo a divinidad.

Me demoré poco en leer el libro. No me había acercado nunca a un libro de estas características. Debo reconocer eso sí que quienes no tengan mucho conocimiento en terminología filosófica de cierto nivel (positivismo, ontología, epistemología, racionalismo, Deleuze, Foucault, entre otros) se le hará inclusom más difícil que a mí seguir ciertos fragmentos.

Pasé un buen rato con el libro, pero no es una lectura fácil. Es entretenido sí, pero luego de terminarlo, hay que intentar observarlo desde lo alto para ver toda su imagen como un todo. Difícil pero ejercicio necesario.

miércoles, 23 de febrero de 2022

VIVIR BIEN LA VIDA - J. K. Rowling

Debo confesar que no he leído ningún libro de Harry Potter. Tampoco he visto las películas, aunque cuando estoy haciendo aseo y encuentro una en el cable, la dejo como para sonido de ambiente. Mi abuela de 86 años es una fan vitalicia de la saga desde hace mucho tiempo y a pesar de que una vez me prestó uno de los libros de la autora, lo dejé a las pocas páginas de comenzar la lectura. Es que simplemente hay cosas que de repente no enganchan, y creo que algo de eso me sucede con la Rowling. A pesar de esto, había una oferta tan buena el otro día en BUSCALIBRE (portal del que yo soy fan) de uno de sus libros, que me costó poco decidirme y lo compré. El libro se llama VIVIR BIEN LA VIDA y tiene como pequeño resumen la siguiente declaración: los beneficios inesperados del fracaso y la importancia de la imaginación. Me tincó. El tema de la imaginación y creatividad me fascinan, cómo, de dónde, por qué surge, es una pregunta en que la mayoría de las respuestas son como polen para el abejorro que soy yo. 

Demoró poco en llegar y yo tenía prontamente un viaje a otra ciudad, así que sería la compañía perfecta. Abrí la caja. Un libro pequeñito. Abrí el libro, y bueno, bien. La historia, que en realidad no es historia sino discurso, se trataba de la charla que Rowling daría a estudiantes de Harvard en su día de graduación. Se preguntaba la autora, ¿Cómo lo haré para que algo recuerden estos jóvenes sobre lo que esta autora ultra mega famosa les vino a hablar?, y la respuesta es el discurso que es el libro. 

Rowling aborda distintos elementos en su disertación: cómo el fracaso económico la llevó a dedicarse a lo que más amaba en la vida (escribir) y por tanto, cómo ese período de mala racha le permitió desarrollarse como la autora que es hoy, ultra mega millonaria, hay que decirlo, y ultra famosa. Creo que eso fue lo que más me quedó del texto: cómo el fracaso posibilita alternativas si lo enfrentas de la mejor forma posible. Ella misma dice ahí (y esto también me quedó dando vueltas) que, muy probablemente, si hubiese sido exitosa en su vida pre Potter, la historia del mago hubiese quedado en el tintero y nada más. Esto me recuerda a una astrónoma de la NASA que declaraba abiertamente que ella estaba fascinada con las equivocaciones, porque eran la única forma de avanzar en el conocimiento. Y creo que tiene razón. 

Sobre la imaginación, en realidad no habló casi nada. Declaró, evidentemente que es algo importante, ejemplificó cómo lo fue para ella (Harry Potter, etc.) pero sinceramente esperaba un poco más de profundidad sobre este tópico. Uno dice, obvio que es importante, pero no queda claro por qué. Para mí es importante por mis razones personales, pero quería escuchar las explicaciones de ella. Y más allá de la historia de un joven africano a la que le habían dado muerte a la madre por considerarlo a él un desertor mientras ella trabajaba en Amnistía Internacional de Londres, no hubo mayor explicación. Y esa explicación ni graficó tampoco sobre la imaginación.

El libro está escrito como... no sé. Ha de tener algún nombre este tipo de libros, por el formato me refiero (como pueden ver en las fotografías que les adjunto aquí) pero no sé cómo se llaman. Le llamaré libro estilo Juan Salvador Gaviota. Pues bien, el texto está escrito al estilo Juan Salvador Gaviota y por eso, asumo, fue posible componer un libro a partir de un discurso que, en realidad, no pasaría de 5 páginas en Word interlineado simple tamaño 12 en Times New Roman. No es una crítica, ya les he dicho que los dibujos del libro están bien bonitos. Solo constato hechos a partir de mi mirada subjetiva jeje (¡resucita Maturana!).

¿Sobre el mensaje?, pues bien. 

Al menos reafirma lo que todos los que hemos vivido ya algo de tiempo, probablemente sabemos: puede haber luz al final del túnel, y no es necesario morir (al menos no biológicamente) para verla.

Kind regards :)