jueves, 14 de julio de 2022

CAMANCHACA - Diego Zúñiga

Cuando estaba en el magister en literatura en la UdeC, la última chupá del mate era la autoficción. Ese tipo de escritura que tomaba al escritor como personaje y lo introducía en las historias, dejando al lector siempre en ascuas sobre la veracidad del texto. El procedimiento clásico era mantener las primeras letras del nombre y apellido, un alter ego que terminaba siendo siempre más ego que alter. Alejandro Zambra era el de moda por entonces (¿lo sigue siendo o no?, tengo una amiga francesa que leyó Poeta Chileno y quedó rayando la papa) pero hubo otros antes y claramente vinieron nuevos después. Me atrevo a decir que El texto CAMANCHACA de Diego Zúñiga, corre por esos mismos carriles.
Lo compré por buscalibre porque había escuchado que era de las jóvenes promesas (menores de 40 años) y me gusta acercarme a aquellos textos que están bien clasificados. Claro, alguien podría decir, ¿es evidente, no? (evidente eso de acercarse a textos bien clasificados, que se entienda) Pues sí y no. Está bien clasificado Ulises pero luego de mi acercamiento decidí mi alejamiento jaja. La verdad, hay textos que gozan de mucha fama pero que no cumplen uno de los requisitos indispensables para mí: que entretengan. Aunque sean un rompecabezas gigante pero que entretengan. Vargas Llosa ya lo dijo, la literatura, la lectura, debe hacerte olvidar que hay mundo más allá de la página que estás leyendo. Y eso no pasa con todos. De hecho, no pasa con muchos de los llamados textos de excelente calidad: DeLillo, el último con que viví esa experiencia, pero tampoco me pasó con Faulkner, Woolf [solo en Las Olas], Coloane [encontré horrorosamente escrito Cabo de Hornos] y así muchos otros. 

¿Acaso será posible olvidarse del mundo cuando lees algo que te recuerda constantemente que no estás entendiendo nada?, ¿o será que el masoquismo llega a tal punto que es necesario también algún tipo de autoflagelación intelectual? 

Una vez en clases con el ahora fallecido profesor Juan Zapata Gacitúa, mi profesor guía de tesis del magister, escogí leer un libro de Enrique Lihn para exponerlo a los compañeros. ¡Qué mierda!, no entendí nada. El libro voló para todos lados en mi dormitorio de entonces porque de verdad me frustraba no saber qué diablos quería decir el Sr. Lihn. Mi exposición partió de esa forma: primero, debo aclarar que no entendí casi nada. Y entonces el pequeño profesor se pone de pie y acota: "eso es porque Enrique [de quien el profesor era amigo], escribe solo para unos pocos". ¡Qué mierda!, y ¿para qué entonces esforzarse en tipear si no quieres que la gente te entienda? Para mí, un completo sin sentido que, claramente, le resta calidad a un texto.
Sin más dilación, nada de eso me pasó con el texto de Zúñiga.

Compré CAMANCHACA por lo que comenté arriba. Y lo empecé a leer y me encantó. Me gustan mucho las historias íntimas en que el personaje descubre su mundo interno casi solamente a través de sus acciones. Nada de "hacía esto pensado esto otro", no. Diego nos ofrece un panorama que describe con claridad a los personajes y a sí mismo en esta suerte de viaje autoficcional hacia el norte de Chile. Un joven que a través de la memoria va narrando hechos que configuran quién es la persona que viaja hoy. Temas presentes: una lista de compras que nunca alcanza a completar, un checklist de vida en que la mayoría de los eventos quedaron fuera. Una perrita moribunda, una prima, un tío muerto en circunstancias poco claras. Baja de peso, le dice el Tata a nuestro personaje novelizado que fuera de las páginas también sufre de bastante sobrepeso. Come sano, haz actividad física, cree en Jehová y no toques a tu madre o no permitas al menos que te seduzca. Interesante esta última parte, léanlo (no sé por qué cada cierto tiempo los escritores se obsesionan con el tema del incesto).

El libro está compuesto como pequeños párrafos, algunos más largos que otros, distribuidos a lo largo del texto entero. Si no supiéramos español, de hecho, podríamos pensar que se trata más bien de un texto de poesía, o de pequeñas crónicas, o de ínfimas reflexiones estilo libro Jodorowsky. Pero ni lo uno ni lo otro: se trata de una novela compuesta de esa forma, alternando épocas, escenarios, personajes en antes y después que a pesar de la a veces confusión, termina subyugando al lector frente a la narración de hechos cotidianos que reflejan algo más profundo. Un mapa que alumbra lo interno a partir de los movimientos corporales que sugieren. Somos gordos porque hemos decidido crearnos una coraza de grasa para blindarnos del exterior, dirían los psicodinámicos. 

Buen libro. Quedé con ganas de conocer más la literatura de Zúñiga. Claramente cuando vuelvan a bajar los precios volveré a buscar algún otro título.

SOBRE EL DUELO - Chimamanda Ngozi Adichie

Unas pocas palabras para este breve texto que terminé de leer hace poco. No pensé que se pudiera sufrir de esa forma, menos por la muerte de un padre de 85 años cuyo fin es evidente y esperable. Compré el libro creyéndolo un grueso mamotreto. Me llegó un pequeño folletín con el nombre "SOBRE EL DUELO".
Por un instante pensé que era un libro teórico, que abordaría la experiencia del duelo desde algún planteamiento psicológico o algo así, pero no, equivocado estaba. El libro habla del proceso de duelo que vive la escritora al enterarse de la muerte de su padre, en Nigeria, mientras ella está en Estados Unidos. No es "mientras" en el sentido de que tuviese que volver a su país o algo así. Es un "mientras" que plantea lejanía, residencia lejos de la casa materna/paterna, en época de coronavirus, en época en que no hay posibilidad de volver a casa para despedirse. El libro debería llamarse entonces "SOBRE MI DUELO", o presentarse a partir de un nombre más vinculado a la propia vivencia. 

No había leído a Chimamanda, primer texto suyo, y luego de leerlo, quedé con ganas de más. 

A través de sus páginas, "Sobre el duelo" nos transmite todo el dolor que Chimamanda vivió, un dolor inconmensurable (rara vez se puede ocupar esa palabra que en su propia gigantez de signo lingüístico refleja lo enorme de su significado), inmedible, que la deja sin habla y sin imaginación. No había consuelo posible más que el dormir. No había pésame más adecuado que el silencio. Pensó en sus propios pésames entregados previamente a amigos / familiares / conocidos y le parecían ahora ridículo. "Entiendo lo que sientes" --> ¿lo entiendes?; "está en un lugar mejor" --> ¿lo está?, ¿por qué se fue?

 
El libro repasa el dolor desde el primer golpe hasta el momento de la última página. Última página en que Chimamanda toma conciencia de que ha empezado a hablar del padre en tiempo pasado. En psicología, al momento de aplicar pruebas proyectivas, cuando al evaluado se le muestra una lámina (como una lámina del test de Rorschach) y no halla qué decir, se le califica como "shock a la lámina". Tan potente la desconfiguración de la imagen, que la deja sin palabras, sin ideas. Así, esa última página en que Chimamanda cambia el tiempo verbal, puede leerse a partir del mismo principio. Shock a la idea del pasado presente. Del pasado que se hace presente en la forma de un padre transformado ahora en cadáver.

martes, 5 de julio de 2022

DON DELILLO - El hombre del salto

Cierren los ojos, queridos lectores pensantes. 
Y en esa oscuridad imaginen un sujeto que toma una hoja en blanco y le hace agujeros, algunos más grandes, otros más pequeños. 
Ahora nuestro hombre imaginario extiende ese papel sobre otra hoja de papel y se sienta a escribir la que cree ser la mejor novela de su vida. Escribe, escribe, escribe y cuando ya la ha terminado, levanta orgullosamente el papel agujereado y revisa la escritura que quedó debajo. 
Lleva esos trozos de texto a una editorial, lo publican y con el tiempo aquellos pedazos son calificados como una de las mejores escritas, cautivantes, apasionantes, atrapantes (aquí pueden llenar ustedes con su mente todo ese tipo de calificativos)... novelas de la historia. 
Y es catapultada a la fama. Y recibe el nombre de EL HOMBRE DEL SALTO.
Lo compré porque leí que DeLillo era uno de los preferidos de Paul Auster (que es uno de los preferidos míos). Asumí equivocadamente que alguna congruencia encontraría entre ambos estilos literarios. Pues, ¡qué equivocado estaba! Paul Auster es agua fresca, DeLillo es agua estancada y llena de barro. 

La historia de El hombre del salto parte medianamente bien. Un sujeto caminando desorientado y lleno de polvo por Manhattan luego del atentado de las Torres Gemelas el año 2001. El sujeto lleva un maletín en la mano, un maletín que no es suyo. Así llega a la casa de su ex mujer y comienza el entramado de letras. 

Cada cierto rato es posible notar cierta coherencia en la historia y algo se deja ver. Cuando así ocurre, leemos que Keith, el protagonista, intenta devolver el maletín a su propietaria. Se lo devuelve, vive cerca del Central Park. Lianne, su esposa, dirige un club de escritura para adultos mayores con Alzheimer. Su propia madre tiene esta demencia y por tanto se relaciona más con el novio de ella, un coleccionista de arte siempre ausente. Su marido está siempre ausente también, y juega poker. Entre medio, la narración de uno de los terroristas que con los días se tomará el avión. Todos los que viven, viven por el plan divino de la realización del nuestro, le dice una especie de maestro.
Al fondo de todo, como telón sobre el cual el narrador plantea su creación, un artista desconocido que suele colgarse con arneses en distintos puntos elevados de la ciudad, imitando al tristemente famoso sujeto que cae cabeza abajo de una de las torres gemelas. Si no me equivoco, esa foto ganó un premio, ¿no? Un hombre que cae al abismo con el fondo pintado por las correas de la torre que le antecede. Al final del libro el sujeto muere de causa natural, el personaje, digo, de un ataque al corazón o algo así. 

Por esa foto y por el personaje artista imagino que el libro se llama como se llama. Creo que eso fue todo. Si algún mérito literario tiene, lo escondió muy bien pues para mí la lectura debe ser capaz de transmitir coherencia al tiempo que narración. Y este no logró ninguna de las dos. Parecido fue cuando leí uno de Faulkner (cuando entierran a la mamá que se acaba de morir, ¡ah!, mientras agonizo se llama). No logré enganchar con ese tampoco y lo leí más bien porque Faulkner y Faulkner y bla bla bla. DeLillo, DeLillo y bla bla bla, digo ahora. No sé si han visto alguna vez la película INLAND EMPIRE DE DAVID LYNCH, un espanto de 3 horas inconexas que solo vemos porque quien la filmó es el no menos grandioso Dios Lynch. 

No sé si DeLillo será el dios de alguien, pero será una fe que no profesaré con ningún otro texto suyo. No amén.

lunes, 6 de junio de 2022

ZONA CERO - Gilberto Villarroel

No conocía al autor, pero había visto alguna de las portadas de sus libros que me habían llamado la atención (las de Cthulu con Lord Cochrane). Hasta que un día buscando por Buscalibre me encontré con una tremenda oferta --> ZONA CERO, de Gilberto Villarroel a $3200 pesos. Lo compré obvio. Gran parte de los lamentos por la mala literatura que uno lee después de haber adquirido el libro, pasa porque queda la sensación de haber malgastado el dinero, pero en este caso, con un precio tan bajo, no había posibilidad de sentirme mal en caso de que no me gustara. Y la verdad, la contraportada sonaba muy interesante. 

La historia trata de un periodista que llegando al país a cubrir un campeonato de surf, se topa con un terremoto chileno, de esos grandes y potentes, que rompe la cripta de una criatura contenida en su interior, a través de los siglos en el Cementerio General. Ahí comienza la ecatombe: la gente se convierte en zombie, como en las películas y los infectados comienzan a contagiar a otras más personas que a su vez se vuelven también zombies contagiadores... sí, como en las películas. 

Entonces nuestro protagonista, Gabriel, comienza su aventura literaria de caballero andante para rescatar al amor de su vida, una francesa que lo espera en uno de los edificios (imaginarios), más altos de Santiago, la Torre Valhalla. Para hacerlo, se une a un grupo peculiar: un marine estadounidense, 3 mineros de la octava región del BioBio (ahí se me hinchó el pecho puesto que a pesar de que soy nacido y criado en Santiago, vivo en Conce hace más de una década) y un cura pedófilo cuyo apellido -VACHT- nos recuerda mucho a otro cura recientemente expulsado de la iglesia por conductas incompatibles con la sotana. 

La verdad, el origen de la trama no es novedosa. Es el argumento madre de decenas y decenas de historias de terror tanto en literatura como en cine, sin embargo el plus del libro lo encontramos en el escenario donde esa trama no novedosa se enmarca y la forma en que esa trama no novedosa se adapta a nuestro chilito actual. Tenemos una extraordinaria escasez de historias de terror ambientadas en nuestro país (no puedo... no puedo dejar de nombrar al gran HUGO CORREA) y, el hecho de que autores comiencen a escribirlas, me parece un buen signo, aún cuando el punto de partida provenga de una trama más manoseada que la Geisha Tshilena. Después de todo, mi propia novela (EL CUARTO DE AL LADO), también ejerció prostitución intelectual creativa.

Me imagino que hay que ser chileno para valorar realmente el terror criollo, porque desde mi escritorio en esta mañana de temperaturas bajo cero, puedo escuchar reír al mismísimo Harold Bloom (donde sea que esté enterrado el caballero) cuando hablamos de calidad literaria en relación a este género literario. Entiendo que solo Poe se salvó de sus garras... y Lovecraft. El concepto de calidad literaria es, desde mi punto de vista, a lo menos, discutible. Grandes actuales fueron humildes en su momento (Cervantes, Dickens, Stoker con su Drácula, por nombrar algunos), demostrando así que quien tiene la última palabra no es Bloom ni Todorov, sino solo el tiempo. Los libros, como seres lanzados a la historia, harán su propio recorrido según sean o no leídos y estudiados. Y esto último, además, para rematarla, no solo depende de la calidad literaria del texto sino también de fines políticos (¿o no, Premio Nobel?), pero eso sí que es ya otra historia. Bien es sabido, además, que algunos textos han sobrevivido no por su calidad sino por ser el primero en su tipo, como El Castillo de Otranto, que inaugura la corriente literaria gótica.

Volviéndonos ahora un poco más intrapersonales, podría decir que los libros funcionan como una lámina Rorschach en que es el lector motivado quien reconstruye a partir de su riqueza (o pobreza) intelectual lo que el texto pueda platear. El cerebro es el que está vivo al momento de enfrentarse a una página entintada y por ende es el cerebro el del trabajo intelectual y ya sea A o Z lo que ese cerebro logre extraer de un libro, dependerá en gran parte de ese intelecto. Claro que no pondremos a Shakespeare a ver La rosa de Guadalupe, ¿no?, hay límites, pero lo que quiero decir que el trabajo constructor es en gran parte de quien lee. 

Quizá por eso en términos de lectura también haya estratificaciones sociales. No cualquiera lee a Dostoievski porque se asume que aborda temas que no son del gusto del vulgo, mientras que se denosta a Coelho porque no logra salir de los temas comunes y espacios cliché (novelas que parecen libros de autoayuda, aunque no se metan con Hippie, porque ese me encantó). Quizá por eso las lecturas extravagantes son aquellas que suelen ser mejor evaluadas (¿mejor calidad?), dado que se alejan del gusto de la mayoría tan despreciada por los críticos literarios (que se joda el caballero de barba, dijo Isabel Allende una vez refiriéndose a lo mismo desde sus palabras). Como digo, para mí nunca estará muy definida la separación entre buena y mala literatura. 

Pero volviendo a nuestro objeto de análisis de hoy, sí encuentro elementos que me hacen orientarla hacia uno y otro lado, puntos a favor y puntos en contra, vamos a ver. Como "lo malo" (según dicen, siempre hay que partir las noticias refiriéndose a lo malo, para que lo posterior bueno termine endulzando el desastre previo): Nunca entendí muy bien el rol del cura. No sé qué gran secreto tenía que entregar (¿o quizá no entendí?, no sé) y que finalmente termina soltando el gran empresario encerrado en la torre. Tampoco me quedó tan claro por qué tenían que ser militares gringos los que se hacían cargo de la situación. Tampoco sentí que hiciera mucho sentido que fuera Vlad Tepes el monstruo que queda libre. Claro, alguien me podría decir que tenían que elegir una figura universal para poner en manos de la iglesia la solución. Digamos que si recurrían a la Quintrala (como elemento criollo, digo) o no sé, ¿al Trauco?, no habrían podido recurrir a la figura del Papa. No sé, siento que ese aspecto no terminó cuajando mucho. 

En realidad, uno de los elementos que yo personalmente valoro para referirme a la calidad del texto, es que no queden cabos sueltos. La novela, sea el estilo que sea en que se presente, debe ser un tejido en que no quede punto sin unirse al siguiente. Y en ZONA CERO, sí quedan, aunque afortunadamente sin restarle calidad coreógrafa entretenida (es un dulce de mala forma pero de buen sabor). Cada punto sin unir es punto menos de calidad, aunque en este libro la no unión de pronto es tan sutil que al lector periférico se le pasará por alto. 

Los lectores de Villarroel han de ser sin duda lectores de King. Villarroel mismo debe serlo porque la historia misma se asemeja bastante a algunas de que ha publicado el escritor norteamericano (recordemos Cell). El texto es entretenido. Por lo menos a mí me atrapó desde la primera página y a pesar de que a veces se vuelve un poco remolón, valoro muchísimo el hecho de que la historia se planteara desde nuestro propio país, mostrando nuestra idiosincrasia en los diálogos y en los escenarios por los que transitan los personajes arrancando de los chupasangres.

Como diría el mismo Vlad enfrentándose a nuestro grupo en el trencito del Cerro San Cristóbal, quedé con ganas de más Villarroel ;)

jueves, 12 de mayo de 2022

LEVIATAN - Paul Auster

La vida es muy loca, muy extraña. 
A veces suceden hechos con tal precisión, que pareciera como si hubiese una presencia subterránea tirando de los hilos. Personalmente, yo creo que debe existir alguna presencia trascendental, pero también asumo que no se anda paseando por la calle para que todos lo miren. Por eso, cuando se manifiesta tan abruptamente, para bien o para mal, nos queda la sensación amarga o dulce de que hay una especie de compañía invisible tratando de mostrarnos algo. 

Entre la infinidad de cosas para las cuales sirve la lectura, se encuentra el orden que da al caos en que vivimos diariamente. La vida loca se compone de un montón de hechos, sucesos, acontecimientos que transcurren frente a nosotros sin mayor organización. Somos nosotros quienes los organizamos porque tenemos la necesidad de orden. Leer nos sirve para dar orden a nuestras experiencias y nos permite al final del día decir "ah, ahora comprendo por qué me sucedió esto, o esto otro". Casi como aquel hombre que posteriormente sería santificado por su entrega ciega ante ese infinito misterio (el Padre Hurtado), quien al final de sus días, comprendiendo su cáncer como un regalo divino de Dios, agradecía el haberle dado una enfermedad larga pues le alcanzaría el tiempo para poder despedirse de todos. Ya vemos, quien le encuentra sentido a la experiencia, puede vivir casi todo. Y el libro es un instrumento catalogador de experiencias, es un entregador de sentido. 

Paul Auster sabe de esto último. Su propia escritura le ha servido a él mismo para dar comprensión a hechos que de otra forma solo quedarían tipificados como un gran signo de interrogación. Él mismo así lo ha confesado en sus entrevistas. Paul toma uno de los elementos que más intranquilidad nos ocasiona, el azar (el azar nos produce incertidumbre y, exceptuando los juegos de azar, a los hombres nos incomoda de sobremanera el no saber) y le da un sentido. Toma esa gran masa amorfa negra y la pone al medio de un cuadro de bordes dorados, conteniendo de cierta forma aquello que está destinado a sobrepasarse.

 
Compré Leviatán en enero del 2020, pero como a menudo sucede, lo abro, lo miro (lo huelo, eso siempre) y lo dejo en un estante esperando que las estrellas se alineen. Pues bueno, las estrellas entraron en órbita correcta hace más o menos un mes y medio y decidí tomarlo. El libro me interesó (además de porque es de Auster), porque leí por allí que había sido prohibido durante algún tiempo y, como sabemos, todo lo prohibido ejerce el efecto contrario al que se busca. Finalmente resultó que el libro realmente prohibido fue Leviatán, pero de Thomas Hobbes, jaja, pero bueno, daba lo mismo porque ya habiendo pasado por la pluma del maestro Auster muchas veces, sabía que el texto no podía ser menos que una obra genial, y no me equivoqué. 

Si pudiéramos resumir brevemente la trama en hitos, la cosa iría más o menos así: -Peter Aaron (el narrador protagonista) conoce a Sachs (co protagonista) en una lectura de libros en la ciudad de Nueva York pero nadie llega, culpa de una tormenta de nieve y por ende se quedan conversando. Por Sachs, Aaron conoce a la esposa de Sachs (Fanny), de quien se enamora. Sachs se entera, lo perdona y siguen siendo amigos. Aaron conoce luego a Maria, de quien se enamora y mantienen una relación. Maria, antes de conocer a Aaron, en un proyecto artístico, decide ubicar a las personas anotadas en una agenda telefónica que se encuentra botada en la calle en la ciudad de Nueva York. Al ir a buscar a uno de los nombres de la lista, el primero, se encuentra con una antigua amiga, Lilian, quien le comenta que estaba ahora casada, luego de un pasado tránsfugo de prostituta. La novela continúa, Fanny y Sachs hacen una fiesta y Sachs se cae de un balcón de un edificio en Nueva York, lo que le remueve las ideas y luego de una profunda reflexión, decide terminar su matrimonio con Maria. Pero Sachs no se atreve a decírselo y solo comienza a alejarse... y se aleja tanto que Maria, asumiendo ya que todo se ha ido al traste, conoce a otra persona con quien se encama (un sujeto muy extra en la novela, que no vale la pena ni nombrar). 
Sachs, en esta búsqueda del desapego con su esposa, se va a trabajar al campo en un nuevo libro (Peter lo convence para que trabaje en él) y estando en la cabaña, en un momento de inspiración, se va a caminar a un bosque cercano, donde se pierde y tiene que pasar ahí la noche. Al día siguiente, encuentra un lugareño que le da aventón en su camión, pero cuando avanzaban los 2 por una ruta rural, se encuentran con un hombre estacionado en una orilla del camino. Este hombre en un acto inesperado e inexplicable, mata al buen chico del aventón y Sachs mata al hombre defendiendo al chico. En estado de shock, viéndose el único vivo entre dos muertos, toma las pertenencias del muerto malo y se va del lugar. Entre las pertenencias del sujeto, encuentra su pasaporte. El apellido del ahora difunto es Dimaggio. Además del pasaporte, encuentra una maleta llena de dinero que también se lleva. 
Sachs, desesperado, va a la casa de Maria buscando apoyo moral, pero lo único con lo que se encuentra es su esposa con el hombre/personaje muy extra. Entonces Sachs comprende que todo está quebrado con su esposa (que es lo que él finalmente quería) y va donde María (la artista buscadora de personas de agenda botada). Le cuenta en detalle lo ocurrido y para demostrar que es verdad su historia, le muestra el pasaporte del tipo que acaba de matar. María no cabe en su sorpresa pues se da cuenta que aquel hombre no es ni más ni menos que el esposo de su amiga Lilian (la ex prosti). 
Espantado con esta información y con sentimiento de culpa, Sachs parte al día siguiente a buscar a Lilian -que vivía en California- para darle el dinero de su esposo, a quien él acaba de dar muerte. Como no es una historia real sino un libro, Sachs se encuentra finalmente con Lilian, le cuenta que mató a su esposo (o se lo cuenta Maria por teléfono más bien) y se enamora de ella y ella, por supuesto, de él (sin romance no hay libro, así de simple). 
Pasa el tiempo, ambos terminan y Sachs queda prendado de la historia del hombre a quien mató, el esposo de Lilian. Se empecina en conocer su real identidad (apellido Dimaggio) para escribir un libro, lo que al poco tiempo troca por un acto aún más radical: ha decidido fabricar bombas para derribar símbolos nacionales como modo de crítica. El problema es que como Sachs era solo un aficionado, una bomba explota mientras la armaba, lo que hace que nuestro Sachs salga despedido en miles de pedacitos de carne molida. La cosa es que en uno de los bolsillos de la chaqueta de de Sachs al momento de morir, encuentran la tarjeta de nuestro narrador protagonista -Peter Aaron [ya se dieron cuenta del guiño, ¿no?]- a quien van a interrogar, y entonces el libro parte: "Hace seis días un hombre voló en pedazos al borde de una carretera en el norte de Wisconsin. No hubo testigos, pero al parecer estaba sentado en la hierba junto a su coche aparcado cuando la bomba que estaba fabricando estalló accidentalmente"
Como un buen uróboro, movimiento clásico de Auster, el libro parte por el final y el texto entero es la explicación de los acontecimientos que hacen que la historia se desarrolle de la forma que lo hace, genial (Paul debería recibir el Nobel, yo lo apoyo). 

Leí el libro en menos de un mes. Venía ya con la experiencia de Brooklyn Follies, El palacio de la luna o Trilogía de Nueva York y esperaba algo no menos que aquellos. Y no me defraudó. Auster es el genio del azar, ya hemos dicho, de la intención por mostrar a sus lectores cómo pequeños movimientos en la cadencia de acontecimientos en las vidas de las personas, van estructurando historias por completo distintas a cómo podrían haber sido.
Maria va a buscar al contacto desconocido de una agenda telefónica pero en cambio se encuentra con una de sus mejores amigas de enseñanza primaria. ¡Andá, Iván, por favor, es un libro, no es verdad, no ocurrió así! Exaaactamente, y por eso el libro es grandioso, porque genera la ilusión del "como si..." de forma tan maestra, que realmente piensas que ocurrió de esa manera. Si el concepto de verosimilitud o de pacto ficcional fuera un rompecabezas, créanme que en Auster coincidirían todas las piezas con la delicadeza de un neurocirujano.
Bueno. La vida es muy loca dije al principio. Hace pocos días esperando la micro desde mi trabajo a la casa, un amigo me manda un whatsapp: "¿viste lo que pasó con el hijo de Paul Auster?, me pregunta. No, no tenía idea ni que tuviera un hijo (ok, vale, admiro su prosa pero tampoco soy un stalker de su vida, ok?). Busco rápidamente y dos cosas me llaman la atención: lo guapo que era el hijo, y lo tremendamente horrible de la noticia: Hijo de Paul Auster acusado de homicidio involuntario por la muerte de su pequeña bebé de menos de un año, por sobredosis. Si no sabía que tenía un hijo, menos sabía que era drogadicto, de verdad. Bueno, una pena, le comenté a mi amigo, pero así es la vida, ¿o que no has visto Trainspotting?, acá en el lugar donde trabajo (un centro de salud público) se ven cosas así de feas y peores. 

Seguí mi vida. Seguí leyendo el libro con el gustillo amargo de que algo horriblemente importante estaba pasando en en la vida del autor en ese preciso instante y que, por única vez en la vida, tenía casi absoluta certeza sobre qué ocurría en la mente de este hombre al otro lado del mundo. Estaba de duelo y probablemente su nieta ocupaba todo su cerebro, aquel instrumento que ocupaba para generar sus obras. Paul Auster piensa en su nieta en este preciso momento, medité. En este preciso instante en que yo banalmente espero mi micro para volver a casa. Lo encontré loco. Loco, pero como dije, no tan extraño. 

Bueno, pasaron los días y seguí leyendo. El libro se iba poniendo cada vez mejor y una mañana, mientras esperaba la micro que me llevara hacia el otro lado, o sea, desde mi casa a mi trabajo, busco nuevamente el nombre de Paul para ver en qué iba el asunto y... ¡gran y horrible sorpresa! El hijo de Paul Auster acababa de morir un día antes, por sobredosis de drogas. Wow, esos sí que fue impresionante. Todas las noticias comentaban sobre cómo Paul Auster vivía una de sus mismas historias, sobre como la ficción supera la realidad y todos esos clichés. No se entregaban detalles. No se sabía si había sido un accidente o un suicidio. Las noticias sí aclaraban que cuando encontraron a David, encontraron también mucha más droga alrededor, por lo que pensaban que podría ser un accidental medio centímetro más de presión en esa inyección letal. Nunca lo sabremos en realidad. Algún día quizá Paul explore las posibilidades de la única forma que sabe hacerlo. O quizá sea demasiado doloroso y no lo haga nunca. 

El mismo Paul Auster tuvo una relación entre problemática y ausente con su propio padre, una figura que intenta recrear en "Invención de la soledad". No quiso nunca conocer a mi hijo, parte declarando en ese libro, hablando del mismo hijo que acababa de morir en la vida real, ese hijo que motivó un libro y que no terminaba de enfriarse sobre la plancha metálica de alguna morgue de Nueva York. Ese mismo hijo que motivó con gran probabilidad que el hijo de Peter Aaron (protagonista de Leviatán) se llamase también David (el hijo de Paul Auster se llamaba David Auster). Un hijo clandestino que vivió siempre entre droga y delincuencia. Es mejor no pensar en las habilidades parentales de Auster. Es bien sabido que los genios viven existencias extravagantes porque la norma se le escapa. Me imagino que de lo contrario vivirían mentalmente adoctrinados y no tendrían nada que decir. Es lo que ocurre en este caso y declaro que no tenemos ni una gota de derecho a condenar nada. Cada uno vive sus pesares y lleva a cabo este proceso como puede. 

Solo queda la reflexión sobre nosotros. Nosotros los lectores, que como zombies nos alimentamos del muerto que ha caído y que en vez de expeler sangre y vísceras, suelta historias y tramas más torcidas y más hediondas que la realidad misma. Eso somos finalmente quienes leemos, ¿no? Buitres connotados que cargamos los pesares del escritor ¿Qué alimenta una buena historia? No suele ser la paz del espíritu. Por lo general los escritores que han llegado a los bordes son aquellos que nos han legado el retrato de la vista que se tiene de esos lugares, a través de su prosa. Y uno los lee. Los lee y relee hasta saciarse del cómo se sentiría vivir así. Paul está en esa. Paul está sufriendo en carne abierta el dolor que solo había examinado a través de sus personajes. ¿Podrá esta vez reconstruir el sentido de un acto suicida que le permita tender el puente entre el dolor y la sanación? No lo sé. Y esta vez creo que el cliché del tiempo sí funciona. Solo las horas lo dirán. David Auster, descansa en paz. Paul Auster, cercano conocido que no tienes la menor idea de este lector que te admira desde el cono sur, te deseo paz.

jueves, 5 de mayo de 2022

EL HOMBRE MÁS FELIZ DEL MUNDO - Eddie Jaku

Llegó el libro a mis manos la navidad del año pasado, del 2021. No recuerdo si me lo regaló mi hermana o mi mamá, lo que en realidad da lo mismo porque a ambas les había entrado el bicho "anti..." y en este caso era el bicho anti Holocausto el que las había contagiado. Querían conocer más del tema. Los libros que desfilaron esos días de fin de año por la mesa del comedor de mi hermana, compartían todos la misma temática: el tatuador de Auschwitz, el fotógrafo de Auschwitz, la Stasi, ya me entienden. Me parecía haber visto el libro que tenía ahora entre manos después de sacarlo con cuidado del papel de regalo. Sí, sin duda lo había visto en alguna publicación de Buscalibre sin darle mayor importancia. Pasaba de largo, así que recibirlo en papel fue una grata sorpresa. Ahora que podía investigarlo con más detalle, noté que era un libro que se planteaba desde lo positivo, o sea, no desde lo irreal de una pseudo felicidad maníaca (como La vida es bella), sino desde la felicidad de las pequeñas cosas que aún en los peores momentos es posible encontrar. Vaya que es importante rescatar aquello, ¿no? Después de todo, tarde o temprano todos vivimos nuestros Auschwitz personales ya sea en la privacidad de nuestra casa o llorando en el baño de oficina. Me tincó mucho.
La historia la escribe Eddie Jaku en primera persona: un alemán común, con una vida común, orgulloso de sus raíces germánicas, pero de escasa comprensión sobre lo que significaba ser judío... claro, esto hasta que Hitler toma el poder. Entonces la cosa cambia. Aquel fonema inocuo pasa a ser infección y quienes lo portan, están destinadas a ser aplastados en los numerosos campos de concentración. Así, Jaku comienza a ser perseguidos junto a su familia por sus mismos compatriotas (este elemento lo nombra varias veces en la obra, vale decir, ¡cómo los mismos que antes eran nuestros amigos y vecinos hoy son los que nos quieren ver muertos!) y son forzados a abandonar sus casas para recluirse en distintos lugares de trabajo ("ARBEIT MACHT FREI" --> El trabajo te hará libre, firma "tío Auschwitz"). Eddie reflexiona muchas veces en el libro que hasta aquel momento no sabía lo que significaba ser judío, más allá que una serie de costumbres familiares heredables por el lado materno. ¡Por ser judíos nos matan!, piensa, y a lo largo del texto busca explicaciones sin encontrar ninguna otra más que maldad y locura. Con paz reflexiona posteriormente "no odio al alemán que no me abrió la puerta de su casa puesto que no lo hizo porque tenía miedo... no odio tampoco a Hitler, porque eso me reduciría a su nivel, simplemente intento buscar una causa y la causa que encuentro es locura. No lo odio pero tampoco lo perdono, por los miles de hermanos muertos en razón de una causa estúpida".
Hay muchos textos sobre el Holocausto y también hay muchas novelas que se atreven a plantear desde la ficción los horrores de esta época. He leído algunos (por ejemplo Jorge Semprun en La escritura o la vida) pero la mayoría de las veces siento realmente que la narración se crea desde la distancia. Distancia que es comprensible si consideramos que probablemente el escritor que tipea en sus noches de insomnio, no quiere caer en un coma emocional, pero que precisamente por ello, resta conexión con el lector (ya sabemos de sobra que a Stephen King se le ama porque los personajes son de carne y hueso, lloran y van al baño). En El hombre más feliz del mundo sucede totalmente lo contrario. Eddie comienza su historia refiriéndose al lector como un amigo y es desde ahí que quiere mostrar a este amigo las experiencias vividas, con el único fin de hacer ver que es posible encontrar esperanza en el infierno. Jaku genera un inmediato vínculo en el lector porque a pesar de que vivió lo peor del ser humano, vive ya por fin cómodamente y desde esa justa comodidad puede recordar su juventud sin odio sino más bien con gratitud. El libro transmite cercanía en cada página, aún en aquellas en que nuestro protagonista estuvo a punto de desfallecer por cansancio, por frío, por hambre, pero que gracias a la esperanza de los pequeños gestos, pudo mantenerse en pie. El libro nos acerca a Eddie, y es por eso que una vez que lo terminamos, quedamos con la sensación de un pequeño duelo. Sabemos que no tendremos nada más del autor y es imposible no preguntarse, ¿cuántas cosas más quedaron en el tintero que no aparecieron en su historia? Una infinidad. Eddie vivió años perseguido durante la segunda guerra mundial, época gigante de vida que comprime en un poco menos de 200 páginas. Eddie permanece en el recuerdo de sus lectores mucho después de haber cerrado el libro porque además de haber escrito un texto sobre los horrores del hombre en la segunda guerra mundial, escribió, por sobre todo, un manual de supervivencia emocional en que la esperanza fue el puntal que lo mantuvo a flote. La esperanza y por supuesto, la amistad.
Eddie murió poco tiempo después de la publicación del libro. Murió a los 101 años en el país que le abrió las puertas y que le permitió vivir en libertad: Australia. Entiendo que recibió un funeral de estado por las contribuciones que realizó en beneficio de la experiencia judía durante el Holocausto, ya en el país donde pudo hacer familia. El hombre más feliz del mundo es un muy buen libro. Se pierde al amigo Eddie, siempre sonriente, no solo al terminar la lectura sino también al saber que ya no está con nosotros, en este mundo. Descansa Eddie, que sin conocerte te conocí y sin escucharte, aprendí de ti. Danke schön.

martes, 29 de marzo de 2022

Despachos del fin del mundo - ALBERTO FUGUET

Uno de los problemas que tengo al leer libros tipo "corriente de pensamiento" como los de la Virginia Woolf, es que no puedo seguir las ideas, me desconcentro totalmente y no logro ni aproximarme de lo que la narración busca transmitir. Para mí termina siendo una lectura sin rumbo y no hay experiencia lectora peor que aquella. 

Sin ser ese tipo de escritura de la que vengo a hablar hoy, sí debo reconocer que me generó algo similar. Y sospecho que esa fue una de las razones por las cuales el libro de Fuguet no me enganchó. El mismo autor reconoce al principio que él no escribe diarios, diarios de vida, y por lo tanto los lectores asumimos, entendemos, que el ejercicio que él busca en esta publicación es justamente hacer como si... como si fuese un diario, una especie de diario, un texto de ideas, pedazos, trazos de memorias, trasladadas a letras, etc. y que justamente por ello, no busca ni logra transmitir una cohesión, salvo en determinados fragmentos. 

Hay partes del libro en que leemos al Fuguet de Mala Onda, ya sobre los 50 años, en fiestas boomer (nueva palabra aprendida hace poco, lo reconozco), mientras que en otros textos vemos ya al Fuguet que se ha encumbrado estos últimos años: un comentarista de películas, un puente vinculante entre experiencias de vida y la banda sonora que armonizó esas vivencias con las canciones y películas del momento. La verdad, y para decirlo bien, todos los libros de Fuguet que no son novelas ni narrativa, terminan siendo un único libro cuyas páginas han sido editadas con distintos nombres y con algunas variaciones en formato (véase "Las películas de mi vida", "VHS", "Apuntes autistas", entre otros). Películas, años 70, 80, Donna Summer, jóvenes perdidos, generación perdida y de ahí en adelante. Me entienden, ¿no? Pienso, ahora que releo esto, que a Fuguet le falta un libro del SIDA, en cualquier formato, crónica, novela, cuentos, apuntes. Eso sí sería genial.

El libro me costó mucho seguirlo, como que eso quedó claro, ¿no? Trata (¿de qué trata?) en un primer momento sobre las reflexiones de un entumecido Fuguet ante la invasión extraterrestre que tanta gracia le causó y cuya principal corresponsal fue doña Cecilia Morel. Ahí, el estallido social, lo que significó, las injusticias sociales, los cacerolazos, las por primera vez multitudes hechas de pequeños granitos de arena pero que juntas podían derribar imperios, las juntas con jóvenes indeterminadas en esta maraña de realidades ficcionadas. 

Luego, en un segundo momento, de lleno al encierro. Lo que significó la pandemia, la dificultad de imaginarse el futuro, la imposibilidad de vivir un presente, la añoranza de un pasado feliz que no valoró en su su momento ¿no lo valoró él o habla por todos? Y después, diría yo, como bonus track, el plebiscito. Me parece que el libro lo editó antes de saber que ganaría el apruebo y tendríamos a tía Pikachu y al Pelao Vade definiendo nuestros futuros. Son como los ejes de Fuguet, en en todo caso. Pero todos pintados con distintos colores a distintas velocidades, demasiado cortos para poder formar una estructura y demasiado rápido para entenderlo.

Creo que no leeré mucho más de Fuguet a menos que sea narrativa. Porque, la verdad, sus primeros libros los encontré fascinantes. Yo era un fanático de Fuguet, de ese fantasma que vagaba por avenida Kennedy alumbrando con su exquisita mala onda la fealdad de nuestra alta sociedad. Long live Mala Onda!... pero los últimos, incluso en narrativa, a ratos, uff, ¿cómo decirlo? Quizá valga la pena compararlo: un globo que inflo, inflo e inflo simplemente porque es lo que he hecho siempre pero no porque tenga aire que meterle: excesiva divagación. 

Amé SUDOR en un 60%. La historia, o la idea de la historia, me encantó. Me encantó imaginármela, me encantó que metiera personajes previos como Pablo Honey (radiohead), ese fresh-azo que se pegó como un Matías Vicuña actual, ese movimiento, Pablo Honey ya mayor y alejado de tanto boche, que se junta con el protagonista de Sudor. En fin, eso me pareció estupendo. 

Pero creo que divagó demasiado. Y no es que me esté saliendo lo limítrofe. Una historia relativamente breve la transformó en un mamotreto de 400 y tantas páginas que durante gran parte estuve a punto de soltar. Fuguet es un maestro últimamente del vilo entre el sí y el no... y cuando como lector has ya decidido que no seguirás, te queda tan poco que terminas diciendo que sí y te lo lees entero. Reconozco que muchas veces ese final hace que la lectura entera haya valido la pena. Pero a veces no. 

Ay, Fuguet de antes, te extraño. Extraño esas frases cortas y contundentes que cortaban el aire. Pero entiendo que todos todos todos estamos sometidos al tiempo y lo que antes nos despertaba un grito ahora solo nos hace subir una ceja. Proceso de maduración, quizá. 

Despachos del fin del mundo pensé que era mejor, me lo compré con harto entusiasmo pero a poco leerlo queda claro que tal como Fuguet lo dice, fue un libro escrito para él. Y por tanto, no hay nada de qué culparlo. Fue un libro escrito para él y hay que reconocer lo harto que se nota.